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23 ene. 2010

Matemáticas divertidas, Gianni Rodari


Gianni Rodari, recurre a la imaginación y la creatividad para explicar de manera sencilla las operaciones matemáticas más elementales, en el cuento “Aprobado más dos”, un Diez que huye de la Resta, se topa con la División… hasta que la Multiplicación viene a salvarlo. 
 

Gianni Rodari nació en Italia en 1920, a los diecisiete años se graduó como maestro y comenzó en la docencia enseñando italiano en la casa de una familia de origen judío exiliada de Alemania. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Rodari inició su actividad periodística escribiendo para distintos órganos de prensa del Partido Comunista Italiano. Sus primeros trabajos dedicados al público infantil aparecen alrededor de 1948 en L’Unita, Vie Nuove y Noi Donne

Depues de publicar algunos libros para niños, Rodari realizó una gira por diferentes escuelas contando historias y respondiendo las curiosas preguntas de los alumnos. La riqueza de esta experiencia quedó plasmada en su libro Gramática de la Fantasía (1973), un intento por desentrañar los procesos de creación de historias fantásticas, o, como él mismo dijo: “Una propuesta para poner junto a cuantas tiendan a enriquecer de estímulos el ambiente (casa o escuela, no importa) en el que crece el niño”. 



En 1970, su obra es reconocida con el Premio Hans Christian Andersen, el más importante de los galardones destinados a los escritores de literatura infantil. Murió en 1980 en la ciudad de Roma a los sesenta años de edad. 

Entre sus muchas reflexiones, una resume la dimensión política de su concepción pedagógica: “La escuela tradicional me enseñaba la lengua del consentimiento, de la adaptación al mundo como es, a las cosas como son, a la autoridad, al pasado, pero yo crecí bajo el fascismo. El niño tenía que olvidar, en mis tiempos, la lengua en la cual había crecido libre, aún bajo muchos condicionantes familiares y sociales, para prender la lengua del dictado, la lengua de la redacción (…) Ésta es la lengua para decir siempre sí. Ahora nosotros queremos partir de la lengua, es decir, de la cultura del niño, y ayudarlo a construirse sobre aquella lengua de su expresión libre y completa, la lengua de su búsqueda autónoma, la lengua de la comunicación social, no la lengua para decir siempre sí, sino la lengua para decir sólo los sí que siente suyos y para decir no cuando siente no”.

      Aprobado más dos
- Socorro, socorro - grita huyendo un pobre Diez.
- ¿Qué hay? ¿Qué te pasa?
- Pero, ¿es que no lo veis? Me persigue una Resta. Si me alcanza estoy perdido.
- Anda, perdido...
Dicho y hecho: la Resta ha atrapado al Diez y le salta encima repartiendo estocadas con su afiladísima espada. El pobre Diez pierde un dedo, y luego otro. Afortunadamente para él pasa un coche extranjero así de largo; la Resta se vuelve un momento para ver si conviene acortarlo y el buen Diez puede tomas las de Villadiego, desapareciendo por un portal. Pero ahora ya no es un Diez: sólo es un Ocho, y además le sangra la nariz.
- Pobrecito, ¿qué te han hecho? Te has peleado con tus compañeros, ¿verdad?
"Mi madre, ¡sálvese quien pueda!", se dice el Ocho.
La vocecilla es dulce y compasiva, pero se trata de la División en persona. El desafortunado Ocho balbucea "buenas tardes" con voz débil e intenta volver a la calle, pero la división es más ágil y de un solo tijeretazo, ¡zas!, lo corta en dos trozos: Cuatro y Cuatro. Uno se lo mete en el bolsillo, pero el otro aprovecha la ocasión para escapar, regresa corriendo a la calle y sube a un tranvía.
- Hace un momento eras un Diez - llora -, y ahora, miradme. ¡Un Cuatro!
Los estudiantes se alejan precipitadamente; no quieren saber nada con él. El conductor murmura:
- Ciertas personas deberían tener por lo menos el buen sentido de ir a pie.
- ¡Pero no es culpa mía! - grita entre sollozos el ex Diez.
- Sí, claro, la culpa es del gato. Todos dicen lo mismo.
El cuatro baja en la primera parada, colorado como un sillón colorado.
¡Ay! Ha hecho otra de las suyas: ha pisado a alguien.
- ¡Disculpe, disculpe, señora!
Pero la señora no se ha enfadado; es más, sonríe. Vaya, vaya, ¡si es ni más ni menos que la Multiplicación! Tiene un corazón así de grande y no soporta ver infelices a los demás: se sienta y multiplica al Cuatro por tres y he aquí un magnífico Doce, listo para contar una docena de huevos completa.
- ¡Viva - grita el Doce -, estoy aprobado! Aprobado más dos.
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