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19 ago. 2009

Nietzsche, el futuro de las instituciones educativas


Así se titulan las cinco conferencias brindadas por Friedrich Nietzsche (1844-1900) entre el 16 de enero y el 23 de marzo de 1872. Allí el autor de la célebre máxima "Dios ha muerto", que decreta el fin de los fundamentos metafísicos en los que se basa la filosofía occidental, expresa su parecer acerca de la educación alemana y su porvenir.

Ese mismo año había publicado "El origen de la tragedia en el espíritu de la música", las críticas que recibió de sus colegas provocaron una caída en la matrícula de sus clases de Lengua y Literatura Griega en la Facultad de Estudios Clásicos y Filológicos de la Universidad de Basilea, donde era profesor. Es en este contexto donde Nietzsche dicta estas cinco conferencias.


Los especialistas en su extensa y fecunda obra suelen dividir su pensamiento en tres etapas. La primera, donde se ubican las conferencias sobre educación, gira alrededor de la distinción entre un espíritu apolíneo y otro dionisiaco. El primero expresa al mundo como representación, mientras que lo dionisiaco lo hace como voluntad de vivir, como fuerza incontenible de la vida, claramente expresada para Nietzsche en el drama wagneriano de esos tiempos.

La segunda etapa comienza con la ruptura de Nietzsche con Wagner por haber incluido valores cristianos en su obra Parsifal. Para Nietzsche, el cristianismo promovía valores antihumanos. En este período, el filósofo alemán se acerca al positivismo ilustrado pero sin exaltar la idea de progreso, característica central de esta corriente de pensamiento.

Con la publicación de "Así habló Zaratustra" (1883) se abre el último período donde Nietzsche continúa la idea de Schopenhauer de entender la vida como dolor, lucha e irracionalidad pero sin resignarse ante ello.

En cuanto a la educación, Nietzsche sostuvo que dos corrientes contrapuestas dominaban las instituciones educativas. Una se inclinaba a difundir lo más posible la cultura, la otra tendía a reducirla y debilitarla.

La obra nietzscheana se compone, además de los mencionados, de los siguientes títulos: "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral" (1873), "Humano, demasiado humano" (1878), "La gaya ciencia" (1882), "La genealogía de la moral" (1887), "El Anticristo" (1888), "Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es" (1889).

Fragmento:

“Les describiré a continuación las características que he encontrado en estas cuestiones sobre la cultura y la educación, que son hoy invocadas de la manera más viva y más urgente. Me ha parecido necesario distinguir entre dos direcciones primarias. Dos corrientes aparentemente contrarias, paralelamente nefastas en sus efectos, y reunidas finalmente en sus resultados, dominan actualmente nuestras instituciones de enseñanza: por un lado, la tendencia a extender y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a reducir y a debilitar la cultura misma. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible; esto es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y que se ponga con modestia al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo el Estado.

Creo haber señalado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos de la economía política de nuestro tiempo. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible -y por lo tanto producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor cantidad posible; ésa es la fórmula, poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como el discernimiento, con el que se mantiene uno, con el que se conocen todos los caminos que permiten enriquecerse del modo más fácil, con el que se dominan todos los medios útiles al comercio entre los hombres y los pueblos. Por eso, el auténtico problema de esta cultura consistirá en educar a cuantos más hombres posibles, en el sentido en el que se llama a una moneda. Cuantos más hombres corrientes haya, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas contemporáneas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permita llegar a ser corriente, desarrollar a todos los individuos de tal modo que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor cantidad posible de felicidad y de ganancia.

Todo el mundo deberá estar en condiciones de valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La unión, defendida por estas ideas, se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, hay que odiar a toda cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y la ganancia, que necesite mucho tiempo; se acostumbra a descartar estas otras tendencias culturales como egoísmo o como epicureísmo. La moral aquí triunfante exige indudablemente algo opuesto, es decir una cultura rápida, con la que convertirse en un ser que rapidamente gane dinero, y, aun así, una cultura lo suficientemente fundamentada para que pueda llegar a convertirse en un ser que gane incluso muchísimo dinero. No se concede cultura al hombre más que en la proporción que demanda el interés de la ganancia, pero es también en esa misma proporción que la exige él mismo. En resumen, la humanidad tiene necesariamente una pretensión a la felicidad terrenal, para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!”


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