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25 sept. 2009

Iván Illich. Por una educación desescolarizada


Polémico, crítico radical y brillante pensador, Iván Illich fue uno de los intelectuales más destacados del siglo pasado. Su reflexión abarcó temas tan disímiles como el transporte, la energía y, sobre todo, la educación en las sociedades modernas.


Fotografia de Iván Illich


Nacido en Viena en el año 1926, fue el primogénito de una familia cuya ascendencia se repartía entre judíos, dálmatas (Croacia) y católicos. Debido a la aplicación de leyes antisemitas en la Austria anexada por el Tercer Reich, en 1941 tuvo que emigrar a Italia. Radicado allí, estudió Histología y Cristalografía en la Universidad de Florencia, y más tarde, en la Universidad Pontífica Gregoriana del Vaticano, se adentró en los misterios de la Teología y la Filosofía. Luego se doctoró en Historia en la Universidad de Salzburgo.

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A principios de la década del cincuenta ingresa en la Iglesia Católica y, a pesar de estar destinado a la carrera diplomática gracias a su gran talento, decide emigrar a Estados Unidos porque, según sus palabras, “no quería integrarme a la burocracia papal”. Allí trabajó junto a los inmigrantes portorriqueños de Nueva York, quienes eran rechazados de manera cruel por las personas de otras nacionalidades. En 1956 fue nombrado vice-rector de la Universidad Católica de Puerto Rico, y en 1961 fundó en México el Centro Intercultural de Documentación –donde concurrieron figuras de la talla de Erich Fromm y Paulo Freire-cuyas posturas lo enfrentaron con el Vaticano, provocando su cierre en 1976. De este período son sus libros más aclamados: En América Latina ¿para qué sirve la escuela? y La Sociedad Desescolarizada, en los cuales arremete contra el modelo pedagógico dominante en las sociedades modernas.

En La Sociedad Desescolarizada, Illich toma a la escuela como paradigma de la “institucionalización de los valores”, de la escolarización de la sociedad. Este proceso cobra vida cuando una serie de valores como la educación y la salud, por ejemplo, son el resultado de un tratamiento o un servicio que transforma (degrada) necesidades no materiales en demanda de bienes. Por eso, para Illich, desescolarizar la sociedad implica independizarse del apoyo y el cuidado de instituciones que provocan su propia demanda.

En referencia a la escuela, Illich sostiene que escolarización y educación son ideas antinómicas porque el éxito de la escolarización se sostiene en la creencia de que la escuela produce un valor cuantificable que, por ende, genera una demanda. ero este valor de cambio que otorgaría la escuela beneficia más a quienes ya poseen un capital cultural. Así, “el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela”. En contraposición, Illich afirma que el aprendizaje no es el resultado de la escolarización, sino de la participación de las personas en contextos significativos, de ahí que el aprendizaje no requiera manipulación de los sujetos.


Las ideas centrales en las que se funda su concepción de la enseñanza son: la inviabilidad de la educación universal por medio de la escolarización, por más que se reformen las instituciones escolares siguiendo el modelo actual o se amplíe la responsabilidad de los maestros sobre la vida completa de sus alumnos; por el contrario, debe buscarse su antítesis institucional por medio de redes educativas que potencien las posibilidades de aprender y compartir lo aprendido. De esta manera, Illich se anticipaba, a principios de los años setenta, a las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías. Aunque más de treinta años después continúen siendo sólo posibilidades potenciales.


Fragmento.

Profesores y alumnos*. Por definición, los niños son alumnos. La demanda por el medio ambiente escolar crea un mercado ilimitado para los profesores titulados. La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Y la sabiduría institucional continúa aceptando este axioma, pese a las pruebas abrumadoras en sentido contrario.

Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. Los alumnos hacen la mayor parte de su aprendizaje sin sus maestros, y, a menudo, a pesar de éstos. Y lo que es más trágico, a la mayoría de los hombres son las escuelas las que les enseñan su lección, aun cuando nunca vayan a la escuela.

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. Ni siquiera los niños que están día y noche bajo la tutela de un maestro constituyen excepciones a la regla. Los huérfanos, los cretinos y los hijos de maestros de escuela aprenden la mayor parte de lo que aprenden fuera del proceso "educativo" programado para ellos. Los profesores han quedado mal parados en sus intentos de aumentar el aprendizaje entre los pobres. A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle.

Las investigaciones sobre educación están demostrando cada día más que los niños aprenden aquello que sus maestros pretenden enseñarles, no de éstos, sino de sus iguales, de las tiras cómicas, de la simple observación al pasar y sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. Las más de las veces los maestros obstruyen el aprendizaje de materias de estudio conforme se dan en la escuela.


La mitad de la gente en nuestro mundo jamás ha estado en una escuela. No se han topado con profesores, y están privados del privilegio de llegar a ser desertores escolares. Y no obstante, aprenden eficazmente el mensaje que la escuela enseña: el que deben tener escuela, y más y más escuela. La escuela les instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando éstos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación sólo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esa esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada.

Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. Pero esos mismos adultos se preocuparían por la salud mental de un niño que corriera a casa a contarles qué han aprendido de cada uno de sus profesores. Las escuelas crean trabajos para maestros de escuela, independientemente de lo que aprendan de ellos sus alumnos.

Asistencia a jornada completa. Cada mes veo una nueva lista de propuestas que hace al AID alguna industria estadunidense, sugiriéndole reemplazar los "practicantes del aula" latinoamericanos por unos disciplinados administradores de sistemas o simplemente por la televisión. Pero, aunque el profesor sea una maestra primaria o un equipo de tipos con delantales blancos, y ya sea que logren enseñar la materia indicada en el catálogo o fracasen en el intento, el maestro profesional crea un entorno sagrado.

La incertidumbre acerca del futuro de la enseñanza profesional pone al aula en peligro. Si los educadores profesionales se especializan en fomentar el aprendizaje, tendrían que abandonar un sistema que exige entre 750 y 1 500 reuniones por año. Pero naturalmente los profesores hacen mucho más que eso. La sabiduría institucional de la escuela dice a los padres, a los alumnos y a los educadores que el profesor, para que pueda enseñar debe ejercer su autoridad en un recinto sagrado. Esto es válido incluso para profesores cuyos alumnos pasan la mayor parte de su tiempo escolar en una aula sin muros.

La escuela, por su naturaleza misma, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta.

El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. En el mejor de los casos, monta la escena para la adquisición de una habilidad como siempre han hecho los maestros de escuela. Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas.

El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no sólo en la escuela, sino en la sociedad en general. Se presenta in loco parentis para cada cual y asegura así que todos se sientan hijos del mismo Estado.

El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarle a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una domesticación de su visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

La afirmación de que una sociedad liberal puede basarse en la escuela moderna, es paradójica. Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debiera preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones sobre lo bueno y lo malo, o de obligar a nadie a seguir su consejo. Los maestros de escuelas y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado.

Los niños no están protegidos ni por la Primera ni por la Quinta Enmienda cuando están frente a ese sacerdote secular, el profesor. El niño tiene que enfrentarse con un hombre que usa una triple corona invisible y que como la tiara papal, es el símbolo de la triple autoridad conjugada en una persona. Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote -es a un mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. Conjuga las pretensiones de los papas medievales en una sociedad constituida bajo la garantía de que tales pretensiones no serán jamás ejercidas conjuntamente por una institución establecida y obligatoria -la Iglesia o el Estado.

El definir a los niños como alumnos a jornada completa permite al profesor ejercer sobre sus personas una especie de poder que está mucho menos limitado por restricciones constitucionales o consuetudinarias que el poder detentado por el guardián de otros enclaves sociales. La edad cronológica de los niños les descalifica respecto de las salvaguardas que son de rutina para adultos situados en un asilo moderno -un manicomio, un monasterio o una cárcel.

Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente son eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. Se cuenta con que el delincuente sienta que ha quebrantado una norma, que se ha comportado de modo inmoral, y se ha abandonado. A un alumno que ha conseguido hábilmente ayuda en una examen se le dice que es un delincuente, un corrompido y un mequetrefe.

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultural occidental y les sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. La escuela no podría crear un enclave como éste, dentro del cual se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria, a menos que encarcelara físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en territorio sagrado. La norma de asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es finalmente lanzado a la vida adulta.

Ni la niñez universalmente prolongada ni la atmósfera sofocante del aula podrían existir sin las escuelas. Sin embargo, las escuelas, como canales obligatorios de aprendizaje, podrían existir sin ninguna de ambas y ser más represivas y destructivas que todo lo que hayamos podido conocer hasta la fecha. Para entender lo que significa desescolarizar la sociedad y no tan sólo reformar el sistema educacional establecido, debemos concentrarnos ahora en el currículum oculto de la escolarización. No nos ocupamos en este caso, y directamente, del currículum oculto de las calles del ghetto, que deja marcado al pobre, o con el currículum camuflado de salón, que beneficia al rico. Nos interesa más bien llamar la atención sobre el hecho de que el ceremonial o ritual de la escolarización misma constituye un currículum escondido de este tipo.

Incluso el mejor de los maestros no puede proteger del todo a sus alumnos contra él. Este currículum oculto de la escolarización añade inevitablemente prejuicio y culpa a la discriminación que una sociedad practica contra algunos de sus miembros y realza el privilegio de otros con un nuevo título con el cual tener en menos a la mayoría. De modo igualmente inevitable, este currículum oculto sirve como ritual de iniciación a una sociedad de consumo orientada hacia el crecimiento, tanto para ricos como para pobres.



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Iván Illich, “Fenomenología de la Escuela” en La Sociedad Desescolarizada.

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