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11 oct. 2009

Las desventuras del joven Werther, Johann Wolfgang Goethe


O simplemente Werther (1774), así se titula una de las más célebres novelas de Johann Wolfgang Goethe (Alemania, 1749-1832), publicada cuando apenas tenía veinticuatro años de edad, es quizás la expresión más acabada del Romanticismo alemán.

Retrato de de Goethe

Inspirado en un acontecimiento personal, la novela gira en torno al infortunio amoroso del joven Werther quien se enamora de una mujer que no puede corresponderle, Lotte. Ante tamaña desdicha, el muchacho decide quitarse la vida. De esta manera Goethe crea para la literatura la figura del héroe romántico que se mata por amor.

En un fragmento de la novela, organizada a partir de en una serie de cartas enviadas a su amigo Wilheim, Werther se refiere a los niños en términos muy similares a como lo haría un docente apasionado por su tarea con los chicos.

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Goethe fue un hombre con una vasta formación intelectual y artística. No sólo se dedicó a la literatura, sino que a lo largo de su vida, por ejemplo, nunca abandonó su pasión por el dibujo y la pintura. Los experimentos científicos también estuvieron entre sus intereses, tanto que escribió dos trabajos: La metamorfosis de las plantas (1790) y Teoría de los colores (1810). Tampoco le fueron ajenos los temas de la política, la filosofía y el derecho.

Su principal novela forma parte de los clásicos de la literatura universal: Fausto, publicada en 1808. Dividida en dos partes, la novela relata la historia de un hombre que agotado de la vida y decepcionado de la ciencia decide venderle su alma al diablo para recobrar su juventud y vigorosidad. La segunda parte describe el romance entre Fausto y Gretchen, manipulado por Mefistófeles.

Fragmento.

29 de junio:

“Anteayer vino el médico de la ciudad a visitar al mayordomo y me halló sentado en el suelo, en medio de los niños de Carlota. Unos saltaban alrededor de mí o se subían en mis rodillas; otros me hacían gestos; yo les hacía cosquillas y la algazara era grande y la alegría, muy ruidosa. El doctor es un arlequín pedante que al hablar, cuida más de estirarse los puños de la camisa, de arreglarse las chorreras, que de lo que dice.

Al verme en esta posición, jugando con los niños, le pareció que yo me rebajaba en mi dignidad de hombre sensato y juicioso; pero a pesar de que yo me di cuenta de ello, por sus modos, no cambié de postura por eso y seguí divirtiéndome. Le dejé decir todas las cosas razonables y justas que se le ocurrieron y me ocupé de volver a levantar el castillo de naipes que los niños habían derribado.


En cuanto volvió a la ciudad, lo primero que hizo fue contar a las personas que encontraba y querían oírle: “Los niños del magistrado estaban ya muy mal educados, pero ese Werther los acaba de echar a perder por completo”. Sí, querido Guillermo, los niños son lo que conmueve más mi corazón en la tierra. Cuando me detengo a mirarlos y veo en esos pequeños el germen de todas las facultades que necesitarán practicar algún día; cuando descubro en sus caprichos o terquedades la futura constancia y firmeza de carácter, o en sus travesuras y en su malicia el humor fácil y alegre que hace olvidar las penas y los contratiempos de la vida, y todo esto de una manera franca y total, no dejo de repetirme siempre estas palabras divinas del maestro. Mientras no llegues a ser como éstos… Pues bien, mi amigo, a estos niños, estas amables criaturas que deberíamos considerar modelos, los tratamos como esclavos.

¿Por qué no han de tener ellos también una voluntad personal? ¿No tenemos nosotros la nuestra? ¿En qué se basa o está fundada esta prerrogativa? ¿Es porque nosotros tenemos más edad y somos más serios? ¡Dios piadoso! Desde la inmensidad de tu gloria, ves a los niños grandes y a los pequeños, y nada más, y hace mucho tiempo que has declarado por boca de tu hijo, quiénes son con los que más te complaces. Los hombres creen en él, pero no lo escuchan, y nunca han obrado de otra manera. Forman a sus hijos semejantes a ellos y… Adiós; prefiero callar que seguir con este desvarío”.


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