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29 nov 2009

¿Sabemos escuchar?


“La naturaleza nos ha dado dos oídos, dos ojos y una lengua”, decía Zenón, filósofo de
la antigua Gracia, “para que podamos oír y ver, más que hablar”. Y un filósofo chino hace la siguiente observación: “El buen oyente cosecha, mientras que el que habla siembra”.


Dos personas conversando

Sea como sea, hasta hace muy poco tiempo se prestaba escasa atención a la capacidad de escucha. Un exagerado énfasis en la habilidad expresiva había llevado a la mayoría de las personas a subestimar la importancia de la capacidad de escucha en sus actividades cotidianas de comunicación.

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Un renombrado psicólogo dijo que deberíamos mirar a cada persona como si ésta llevara colgado al cuello un cartel en el que dijera: “Quiero sentirme importante”. Evidentemente todos queremos sentirnos importantes. A nadie le gusta ser tratado como si careciera de importancia. Y todos queremos, además, que dicha importancia sea reconocida. La experiencia misma nos enseña que, si las personas son tratadas como tales, se sienten felices y procuran hacer y producir más. Y quien se sabe escuchado se siente gratificado.

Durante cinco años, el departamento de educación de adultos de las Escuelas Públicas de Minneapolis ofreció una serie de cursos destinados a mejorar la manera de hablar, y un solo curso para mejorar la manera de escuchar, de ser un buen oyente. Los primeros estaban siempre llenos: tal era la demanda; el segundo nunca llegó a darse, por falta de alumnos. Todos deseaban aprender a hablar, pero nadie quería aprender a oír.

Oír es algo mucho más complicado que el mero proceso físico de la audición o de la escucha. La audición se da a través del oído, mientras que el oír implica un proceso intelectual y emocional que integra una serie de datos físicos, emocionales e intelectuales en busca de significados y de comprensión. El verdadero oír se produce cuando el oyente es capaz de discernir y comprender el significado del mensaje del emisor. Sólo así se alcanza el objetivo de la comunicación.

Recientes encuestas indican que, por término medio, la persona emplea un 9% de su tiempo escribiendo, un 16% leyendo; un 30% hablando; y un 45% escuchando. Se oye cuatro o cinco veces más deprisa de lo que se habla. Las personas pueden hablar entre 90 y 120 palabras por minuto, mientras que en ese mismo tiempo pueden oír 450 y 600 palabras. Es decir, existe un tiempo diferencial entre la velocidad del pensamiento para poder pensar, para reflexionar sobre el contenido y para buscar su significado.

Algunos autores ofrecen una serie de consejos para mejorar la escucha:
- Procure tener un objetivo al escuchar.
- Suspenda todo juicio inicial.
- Procure centrarse en el interlocutor, resistiéndose a todo tipo de distracciones.
- Procure repetir lo que el interlocutor está diciendo.
- Espere antes de responder.
- Procure reformular con sus propias palabras el contenido de lo que dice su interlocutor y la pasión con que lo dice.
- Procure percibir el núcleo de lo que oye a través de las palabras.
- Haga uso del tiempo diferencial para pensar y responder.

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