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3 dic. 2009

El desafío de Aristóteles: Inteligencia emocional:




“Cualquiera puede ponerse furioso…eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil” Aristóteles, “Ética a Nicómaco”.

Con este pensamiento,
Daniel Goleman encabeza su libro “La inteligencia emocional”, demostrándonos que el tema es antiguo y ha inquietado al ser humano desde siempre. Ejercer un cierto control o manejo de nuestro mundo emocional no parece algo fácil, después de todo hemos escuchado muchas veces que “ el corazón tiene razones que la razón desconoce”. ¿Es posible entonces hacer algo al respecto?

Antes, observemos las preguntas que se hizo
Goleman al iniciar sus estudios. ¿Por qué típicamente el alumno intelectualmente más inteligente, con las mejores notas, no termina siendo el adulto que más éxito tiene en su trabajo?, ¿por qué algunos son más capaces que otros de enfrentar contratiempos, superar obstáculos y ver las dificultades bajo una óptica distinta? La respuesta: son emocionalmente inteligentes.

El coeficiente intelectual de una persona, hasta donde se sabe, se mantiene durante toda la vida en forma más o menos inalterable, y depende fundamentalmente de factores genéticos y la calidad de estímulos tempranos.

Un C.I. alto no da garantías de éxito o felicidad, de hecho puede ser un arma de doble filo, pues el auto-engaño es más efectivo y las
justificaciones más contundentes. Las personas intelectualmente más dotadas, suelen ensimismarse y en algún punto desconectarse de las realidades cotidianas, que en esencia, nos mantienen con los pies en la tierra y nos prodigan de lucidez para encontrar, en la simpleza de la vida, la felicidad y el éxito que buscamos.

El inteligente emocional, tal vez no tenga una gran cultura, o los conocimientos y memoria de un intelectual, pero tiene la sabiduría para
contactarse con sus sentimientos más profundos, el arte de conocer el mundo del otro, es creativo, sabe “llegar” a las personas, posee un encanto irresistible, sabe cuándo, dónde y en qué forma enviar sus mensajes, y puesto que nuestra vida acontece en un universo de relaciones humanas, obtiene en la emoción su mejor brújula.

A diferencia de la inteligencia intelectual, la emocional es dinámica y su crecimiento depende de las experiencias vividas. Un niño
sobreprotegido, demasiado regalón, cómodo y sin desafíos importantes, difícilmente desarrollará inteligencia emocional, difícilmente aprenderá a superar obstáculos, tolerar la frustración, abrirse a nuevas y creativas percepciones. La experiencia es vital y realmente es la madre de todas las ciencias.

Si queremos responder a la pregunta relativa a la posibilidad de desarrollar nuestra inteligencia emocional, lo más adecuado es cotejar nuestra reflexión con las características esenciales o perfil del inteligente emocional, a saber:

Conciencia y expresión de los propios y auténticos sentimientos: pareciera muy obvio saber lo que sentimos, sin embargo nuestra tendencia a intelectualizarlo todo, suele confundirnos e incluso llevarnos a desconocer que estamos
estresados, ansiosos o simplemente “darnos cuenta” de que hay algo que no está funcionando bien en nuestro mundo emocional.

Expresar esos sentimientos de una forma adecuada es aún más complejo e infrecuente. La mujer, y de eso no existe la menor duda, es mucho mas inteligente
emocionalmente. Su capacidad de “sentir” y expresar con elocuencia sus sentimientos es notable y de eso podemos aprender mucho los hombres.

Crear, hacer habitual, incluso
institucionalizar la experiencia de abrir espacios para conversar con honestidad y profundidad acerca de lo que estamos “sintiendo”, es ya un primer paso para el desarrollo de este aspecto.

La honestidad se aprende a través del ensayo y el error. Al principio, con toda seguridad, no vamos a ser muy elegantes y sensibles y “meteremos la pata”, pero con el tiempo, la experiencia
retroalimentada por los resultados, nos enseñara a decir las cosas sin herir sentimientos y de una forma efectiva.

Contactar los sentimientos del otro: mientras más aprendemos a
contactarnos con nuestras genuinas emociones, más fácil es aprender a poner atención al mundo interior de nuestro interlocutor. La clave tiene que ver con poner atención, no en lo que a usted le digan, sino en el tono y forma en que se lo dicen. En este sentido, el lenguaje corporal y la mirada resultan cruciales.

Empatía: saber ponerse en el lugar del otro, exige la voluntad de hacerlo. Entréguese, aunque sea por unos segundos al ejercicio de imaginar que usted es realmente la otra persona, compenétrese en sus circunstancias y se dará cuenta lo fácil que es ponerse en los zapatos de ella.

Tolerancia a la frustración: en mis seminarios, suelo presentar algunas escenas de la
pelicula “La vida es bella”. Guido, el personaje principal, es un hombre que realmente cree que la vida es siempre bella, aunque ha veces no lo parezca. Al igual que el sol siempre está encendido, aunque de noche pareciera que haya dejado de existir. Siempre vale la pena experimentar la existencia. Aprender a valorar el hecho de estar vivos, nos hace apreciar la belleza del vivir y superar más fácilmente las frustraciones. A veces la sola experiencia de ver una película, puede desarrollarnos emocionalmente.

Habilidades sociales: la habilidad de socializar y conducirnos
adecuadamente con nuestro entorno, es a mi entender, el fruto del desarrollo de las características anteriores, es decir , un estupendo y gratificante premio.

Así que se puede hacer mucho al respecto, especialmente con la gente joven que está más abierta a crecer y desarrollarse. Para un barco o una empresa que cruza la tormenta de los vaivenes económicos, un equipo de inteligentes emocionales es una fuerza capaz de asumir los desafíos de nuestros tiempos y también, por qué no, el desafío de
Aristóteles.

Jaime De Casacuberta

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